De la cafetera al crédito VIP
Durante meses, la ministra de Capital Humano cultivó una de las pocas épicas morales que el Gobierno todavía puede mostrar sin demasiadas explicaciones: la de la austeridad inflexible. En octubre de 2024, cuando se conoció la compra de una cafetera automática por $1.917.000 y un catering por $3 millones en su ministerio, no hubo contemplaciones. La funcionaria responsable fue eyectada. El mensaje fue inmediato, seco, quirúrgico: acá no hay privilegios. Acá no se juega con la plata pública.
Aquella escena funcionó. No por el monto, sino por el símbolo. En un gobierno que repite que no hay plata, una cafetera premium era el pecado perfecto: pequeña en términos presupuestarios, enorme en términos políticos. Era la prueba visible de una moral que se pretendía distinta. La austeridad no aparecía como una política administrativa, sino como una superioridad ética.
Pero las narrativas severas tienen un problema: cuando se aplican como credo, dejan poco margen para la excepción. Y eso fue exactamente lo que ocurrió cuando trascendió que el jefe de Gabinete de la mencionada ministra , había accedido a un crédito hipotecario del Banco Nación por casi $420 millones. La titular de Capital humano volvió a actuar y lo desplazó. El ex funcionario se defendió diciendo que cumplió todos los requisitos y que el trámite fue transparente. Es posible. Tal vez incluso sea cierto. Pero ya no alcanzaba con eso. Porque el Gobierno había decidido que la vara no fuera sólo legal, sino moral.
Ahí aparece la gran fisura del oficialismo. El Banco Nación defendió la línea hipotecaria como una operatoria homogénea, digital y sin excepciones. Sin embargo, la propia discusión pública mostró que existe un régimen de condiciones ventajosas para quienes cobran haberes en el banco o integran segmentos privilegiados de acceso. Otra vez: acaso todo sea formalmente regular. Pero la política no se ordena sólo por formularios; se ordena por percepciones de justicia. Y un gobierno que hizo del combate a los privilegios su combustible principal no puede sorprenderse cuando la sociedad mira con lupa quién accede a qué beneficios y desde qué lugar.
El problema se vuelve más delicado cuando esa discusión convive con el caso del Jefe de Gabinete de Ministros. Hoy no hay una condena ni una verdad judicial cerrada. Sí hay, en cambio, una investigación patrimonial en marcha, nuevas medidas de prueba pedidas por la fiscalía y preguntas abiertas sobre la compra de inmuebles, préstamos privados y evolución patrimonial. Lo que en otro contexto podría ser sólo una causa más, en este Gobierno se convierte en una herida narrativa: porque Adorni no es un funcionario periférico; es una voz central del dispositivo político del mileísmo.
La contradicción, entonces, no está entre una cafetera y una hipoteca. Está entre dos formas de usar la moral pública. La primera, para castigar con velocidad quirúrgica cuando el escándalo es simple, fotogénico y fácil de narrar. La segunda, para pedir matices, contexto y prudencia cuando el foco ilumina a los propios. El problema no es que el Gobierno se defienda. El problema es que se defendió siempre acusando a los demás de hacer exactamente eso.
La austeridad, para ser una regla, debe aplicarse también cuando incomoda. Si no, deja de ser una convicción y se vuelve una puesta en escena. Y entonces la cafetera ya no es una anécdota: pasa a ser un espejo. Uno que devuelve una imagen incómoda del poder cuando descubre que es más fácil echar por un símbolo que explicar un privilegio.
“Cuando la vara moral se dobla según quién esté del lado del mostrador, deja de ser una vara. Pasa a ser un relato.”
Clistenes