El gesto de Messi frente a los hinchas, la remontada ante Inglaterra y el espíritu colectivo de la Selección evocaron la figura del Diego y reforzaron una identidad futbolística que atraviesa generaciones.
De pronto, casi como si existiera una máquina del tiempo capaz de unir momentos, Lionel Messi reflejó una reacción calcada a la que tuvo Diego Maradona 40 años atrás. Uno, en el estadio Atlanta, Estados Unidos. El otro, en México. “¡Que de la mano de Leo Messi, todos la vuelta vamos a dar!”, cantaron los miles de hinchas argentinos después de la histórica victoria ante Inglaterra que le dio el pase a la Albiceleste a la final del torneo. Y el capitán, con la cinta en el brazo izquierdo, con la vestimenta azul tan representativa, repitió el gesto que el otro 10 había tenido. Uno en el campo de juego. El otro, en un vestuario, poco después de quejarse por un golpe en la cabeza y en cuero, sin la camiseta. Messi movió sus brazos de cara a la gente, apuntó a sus compañeros y aclaró: “¡Todos! ¡Somos todos!”.
Le costó el primer tiempo a Messi. Asfixiado por la presión de Inglaterra, tuvo que luchar, encontrar espacios entre muchos rivales, buscar faltas y, algunas veces, perdió algunos duelos, especialmente con Anderson. Hasta el gol de Inglaterra, el trámite del partido para el capitán argentino era más o menos igual. Pero, con el resultado en contra, el equipo de Scaloni dio una exhibición de personalidad. Lo fue a buscar con desesperación de jugar bien. Sumó gente en ofensiva, con Lautaro Martínez cerca de Julián Álvarez y, como había ocurrido ante Egipto, el capitán se resguardó al costado derecho. Ahí apareció el mejor Messi.
En estos días, uno de los tantos videos que se viralizó fue uno de Maradona antes de jugar contra Inglaterra, en el que un periodista le preguntó cómo había que enfrentar al equipo europeo. Y él, muy seguro, contestó: “Se le juega con pelota al piso, con pelota dominada, como siempre jugamos los argentinos, no tenemos que cambiar la manera de jugar porque sea Inglaterra”. En el segundo tiempo, bajo el liderazgo de Messi pero acompañado por un equipo valiente y de calidad, el conjunto de Scaloni se reencontró con lo mejor de su repertorio, un rendimiento que no había encontrado en prácticamente ningún pasaje del torneo.
Con Inglaterra en pleno bloque bajo, el equipo encontró espacios donde parecía imposible, impulsado por la calidad técnica de sus jugadores y la facilidad para ser diferenciales. Con controles, con amagues, con pases, con gambetas y llegadas al área rival. Cuando el partido todavía iba 1-0, solo una casualidad impidió que la Albiceleste llegara al empate. Cuando, al fin, alcanzó el 1 a 1, la sensación era que la tormenta de fútbol no pararía, que el juego del equipo era demasiado para que alguien lo impidiera. Como ante Francia en la final de Catar. Como con Brasil en las Eliminatorias sudamericanas 2026.
Argentina se había reencontrado con su costado que lo distingue, con la pieza del rompecabezas que Scaloni y su cuerpo técnico siempre destacan como único: el instinto amateur. “La primera vez que mi viejo me compró un par de botines. Siempre soñé con hacer este gol”, dijo Lautaro Martínez.
“Somos únicos, no es arrogancia. De corazón”, dijo Scaloni luego del partido, entre lágrimas. Cuando terminó el juego, Messi se tomó el tiempo de celebrar, de cantar, de abrazarse y de pedirle a la multitud que no lo ovacione solo a él, que el triunfo era del equipo. Después, se sentó en el pasto de Atlanta, flexionó las rodillas y se permitió disfrutar. A los 39 años, disputará su tercera final en la Copa Mundial, después del duro golpe de Alemania en Brasil 2014 y el ‘ya está’ de Lusail después de superar a Francia.
“Jugar dos finales del mundo seguidas es una locura. Este grupo es increíble. Hoy lo fuimos a buscar otra vez cuando se había puesto fea, porque nunca dejamos de creer, de intentarlo y con juego. Cuando estábamos con el marcador abajo los metimos en un arco. La verdad que una felicidad enorme”, dijo Messi luego del partido.
Ahora le queda España, el país donde empezó su carrera. Allí buscará escribir un nuevo capítulo de una historia que ya es irrepetible. Más allá del resultado de la final, Argentina vuelve a confirmar que su mayor patrimonio no es un futbolista extraordinario, sino una manera de entender el juego. Esa que une a Maradona con Messi y que siempre empieza igual: con un chico en un potrero soñando con una pelota y una camiseta número 10.
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