Por: Redacción Sanjuanino Digital | 16 de Septiembre de 2026
Medio siglo ha pasado desde que la oscuridad más profunda de nuestra historia se ensañara con quienes apenas comenzaban a vivir. Hoy, 16 de septiembre de 2026, se cumplen exactamente 50 años de la trágica y repudiable “Noche de los Lápices”. Aquel operativo clandestino, perpetrado en la ciudad de La Plata durante los primeros meses de la última dictadura cívico-militar, sigue siendo una herida abierta en la memoria argentina y un recordatorio brutal de lo que significa entregar el poder a gobiernos de facto.
Durante la madrugada del 16 de septiembre de 1976, y en los días sucesivos, grupos de tareas comandados por el general Ramón Camps y el director de Investigaciones de la Policía Bonaerense, Miguel Etchecolatz, secuestraron a diez estudiantes secundarios. Tenían entre 16 y 19 años.
Más que un boleto estudiantil
La historia oficial, a menudo simplificada, relata que estos jóvenes fueron cazados por reclamar el Boleto Estudiantil Secundario (BES). Si bien es cierto que lideraron movilizaciones por este derecho en 1975, reducir su secuestro a este único hecho es invisibilizar su verdadera esencia: eran militantes políticos. Pertenecían en su mayoría a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y soñaban con un país más equitativo.
La dictadura de Jorge Rafael Videla no los secuestró por pedir un descuento en el transporte; los desapareció porque el plan sistemático de exterminio del gobierno de facto no toleraba la disidencia, el pensamiento crítico, ni la organización popular. Los consideraban “subversivos” en potencia. El Estado, que debía garantizar su educación y su vida, se convirtió en una maquinaria de terror que los arrancó de sus hogares frente a sus familias.
“La Noche de los Lápices no fue un ‘exceso’. Fue la demostración palpable de que el terrorismo de Estado apuntó directamente contra el futuro, intentando arrancar de raíz a una generación que se atrevía a cuestionar el orden establecido”.
El horror de la clandestinidad
El derrotero de estos adolescentes es una muestra de la crueldad infinita de los regímenes autoritarios. Pasaron por distintos Centros Clandestinos de Detención, como el “Pozo de Arana”, el “Pozo de Banfield”, la Brigada de Investigaciones de Quilmes y la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires. Allí, niños y niñas fueron sometidos a torturas físicas y psicológicas, hacinamiento y condiciones inhumanas, a manos de agentes del Estado que actuaban bajo total impunidad.
De los diez estudiantes secuestrados en esos días, solo cuatro sobrevivieron para contar el horror: Pablo Díaz, Emilce Moler, Patricia Miranda y Gustavo Calotti.
A 50 años, seguimos preguntando dónde están Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Horacio Ungaro. Continúan desaparecidos.
La memoria frente al negacionismo
En tiempos donde ciertos sectores intentan relativizar los crímenes de lesa humanidad o reflotar discursos que justifican el accionar de los gobiernos de facto bajo la falacia de una “guerra”, recordar la Noche de los Lápices es un deber cívico indispensable.
Un gobierno de facto es, por definición, la anulación del Estado de Derecho, la supresión de las garantías constitucionales y la instauración del miedo como política pública. Lo que ocurrió hace medio siglo nos demuestra que cuando el poder se ejerce sin el control democrático del pueblo, las consecuencias se pagan con sangre y desapariciones.
Hoy, a 50 años, los lápices siguen escribiendo. Escriben en cada joven que se organiza en un centro de estudiantes, en cada movilización por la educación pública, en cada grito de “Nunca Más”. Desde San Juan y hacia todo el país, el mejor homenaje a aquellos chicos de La Plata es mantener viva la memoria, exigir justicia y no claudicar jamás en la defensa de la democracia.