En el ámbito de la filosofía, la discusión sobre lo que existe y lo que no existe ha sido central desde los albores del pensamiento occidental. Aplicar estos principios al análisis del peronismo argentino permite comprender por qué, tras la muerte de Juan Domingo Perón en 1974, millones de peronistas han quedado sin representación genuina. Este artículo explora cómo el peronismo ha perdido su esencia ontológica, transformándose en un partido más dentro de la partidocracia liberal, y reflexiona sobre las consecuencias filosóficas y políticas de este fenómeno para la Argentina contemporánea.
Desde Parménides hasta Heidegger, la filosofía se ha ocupado intensamente del problema del ser. Según uno de los principios fundamentales de la metafísica clásica, de lo que no es, nada puede decirse, mientras que lo que es tiende a perseverar en su ser. Cuando una entidad pierde su esencia o naturaleza —aquello que le confiere identidad— deja de existir como tal; hablar entonces sobre su existencia resulta impropio. Este principio tiene profundas implicaciones cuando se traslada al análisis político e institucional.
En términos políticos, el ser implica una identidad colectiva reconocible, dotada de un proyecto común y una representación legítima. Cuando ese núcleo esencial se diluye o desaparece, lo que queda es una mera apariencia o simulacro carente de sustancia. Así ocurre con movimientos políticos cuya razón de ser se desvanece tras perder sus fundamentos históricos o doctrinarios.
La desaparición física de Juan Domingo Perón en julio de 1974 marcó un antes y un después en la historia argentina. Hasta ese momento, el peronismo había funcionado como un movimiento nacional-popular cohesionado alrededor de su líder-fundador. Con su muerte, millones de argentinos quedaron huérfanos políticamente; ya no existía quien pudiera sintetizar ni conducir las diversas corrientes internas hacia una unidad superior.
Es así que, tras la muerte del líder histórico, el peronismo experimentó una transformación radical: pasó a formar parte integral del sistema partidocrático liberal argentino. Esta metamorfosis supuso el abandono progresivo del proyecto original —la organización comunitaria basada en justicia social y soberanía nacional— para convertirse en una estructura electoralista más, sin sanción efectiva ante las desviaciones ideológicas o prácticas oportunistas dentro de sus filas.
El vacío dejado por Perón no solo fue institucional, sino también ontológico. A partir de su muerte, el peronismo perdió la capacidad de sintetizar y conducir a los distintos sectores que componían su verdadera génesis: el Movimiento Nacional y Popular. Sin un liderazgo capaz de articular las demandas y aspiraciones del pueblo argentino en toda su diversidad, el movimiento se fragmentó en múltiples corrientes, cada una interpretando la realidad política según sus propios intereses o conveniencias.
En este contexto, millones de peronistas quedaron sin representación genuina. Si bien existen formalmente partidos y agrupaciones que reivindican el legado peronista, la falta de una conducción central y un proyecto común ha generado una dispersión ideológica significativa. Así, muchos militantes y simpatizantes han visto cómo sus expectativas históricas —la justicia social, la independencia económica y la soberanía política— quedaban relegadas ante estrategias coyunturales o alianzas circunstanciales con sectores ajenos al ideario original.
A lo largo de las décadas posteriores a la apertura democrática en 1983, el peronismo transitó diversas etapas doctrinarias. En los años noventa, bajo el influjo del neoliberalismo global, adoptó políticas económicas alejadas del ideario fundacional; posteriormente, durante los primeros años del siglo XXI, viró hacia posiciones más cercanas a la socialdemocracia europea e incluso a planteamientos progresistas de izquierda. Sin embargo, estos giros doctrinarios no respondieron tanto a una síntesis superadora como a adaptaciones pragmáticas frente a las circunstancias cambiantes del país y del mundo.
Esta deriva ha provocado una profunda confusión entre quienes se reconocen como peronistas, pero no encuentran en las estructuras actuales una representación fiel de sus convicciones. La identidad colectiva se diluye cuando los referentes políticos priorizan alianzas tácticas sobre principios permanentes. En palabras filosóficas: cuando lo que es pierde su ser, deja de existir como tal; hablar entonces del “peronismo” resulta problemático si ya no encarna su esencia originaria.
A día de hoy, domingo 27 de septiembre del 2026, Argentina enfrenta el reto crucial de reconciliar la representación política con la autenticidad doctrinaria. Muchos ciudadanos siguen identificándose como peronistas porque reconocen en ese ideario valores profundos vinculados a la justicia social y al proyecto nacional-popular. Sin embargo, la falta de una síntesis superadora y un liderazgo integrador mantiene dispersas a las distintas vertientes surgidas tras la desaparición física y simbólica del fundador.
El desafío consiste entonces en reconstituir el ser del peronismo desde sus raíces históricas y filosóficas. Esto requiere más que consignas o símbolos: demanda una reflexión crítica sobre qué significa hoy ser peronista y cómo articular ese legado con las necesidades actuales del pueblo argentino. Solo así podrá evitarse que el movimiento quede reducido a un simulacro carente de vida propia.
El análisis filosófico del ser y el no-ser aplicado al peronismo argentino permite comprender la profundidad de la crisis de identidad y representación que atraviesa este movimiento desde hace más de cuatro décadas. La desaparición de su líder fundacional, Juan Domingo Perón, no solo supuso una pérdida política sino también una ruptura ontológica: el peronismo dejó de ser aquello que lo definía en su esencia, transformándose en un ente difuso cuya existencia formal no siempre coincide con su realidad sustancial.
En este sentido, resulta fundamental recordar que la permanencia en el ser es condición indispensable para toda entidad que aspire a tener relevancia histórica y social. Cuando se pierde esa naturaleza esencial, como advierte la filosofía clásica, sobreviene la disolución o el tránsito hacia el “no-ser”, estado sobre el cual nada puede afirmarse con propiedad. Así, los debates actuales sobre el peronismo deben partir de una revisión honesta de sus fundamentos y de una búsqueda sincera por reconstruir su proyecto originario.
Solo mediante un esfuerzo colectivo orientado a restablecer los valores fundacionales —justicia social, independencia económica y soberanía política— será posible reconciliar al pueblo argentino con una representación genuina. De lo contrario, el riesgo es perpetuar una crisis donde millones de ciudadanos permanezcan sin voz ni conducción auténtica, mientras las estructuras partidarias continúan existiendo únicamente como sombras vacías del pasado.
La historia argentina demuestra que los movimientos políticos pueden renacer si logran reencontrar su ser. El desafío contemporáneo consiste en evitar que el peronismo quede relegado a la categoría filosófica del no-ser; es decir, impedir que se convierta en un nombre desprovisto de contenido real. Solo así podrá volver a desempeñar un papel protagónico en la organización popular y en la defensa integral del pueblo argentino.