El domingo pasado marcó un antes y un después en la vida política municipal de la Capital. Tras quedar relegados al segundo lugar en las elecciones locales, varios altos cargos decidieron dar un paso al costado. Las renuncias se produjeron en cascada desde el lunes 27 de octubre y afectan a áreas estratégicas de la gestión municipal. Este movimiento colectivo responde tanto a una autocrítica por los resultados obtenidos como a las tensiones internas que se agudizaron tras conocerse los datos oficiales. La jornada electoral del domingo fue especialmente dura para el oficialismo municipal. La lista encabezada por LLA y Peluc logró imponerse con claridad, desplazando a la fuerza liderada por Susana Laciar y Marcelo Orrego al segundo puesto. Este resultado no solo supuso una pérdida simbólica para quienes venían gestionando la ciudad, sino que también puso en evidencia el desgaste político acumulado durante los pocos años de gestion. El fracaso electoral fue interpretado por muchos miembros del equipo como un mensaje inequívoco del electorado sobre la necesidad de renovación y autocrítica.
Las primeras horas posteriores al escrutinio estuvieron marcadas por reuniones tensas entre los principales referentes municipales. El resultado electoral no solo significó un revés numérico, sino que también actuó como catalizador para conflictos latentes entre las principales figuras municipales. Según trascendió, la relación entre Susana Laciar —intendenta— y Marcelo Orrego —referente fundamental del espacio— se vio seriamente deteriorada tras conocerse los resultados oficiales. Las diferencias estratégicas y las acusaciones cruzadas sobre responsabilidades en la derrota afloraron con fuerza durante las reuniones posteriores al escrutinio.
Este clima enrarecido favoreció que varios altos cargos consideraran insostenible su continuidad en el equipo de gobierno. Para muchos observadores políticos locales, este episodio pone en evidencia hasta qué punto el liderazgo compartido entre Laciar y Orrego había entrado en crisis mucho antes del desenlace electoral. En medio de esta ola generalizada de renuncias destaca un hecho singular: el arquitecto Raúl Vila, actual pareja sentimental de la intendenta Susana Laciar y figura relevante dentro del gabinete municipal, decidió no presentar su dimisión pese a las presiones recibidas. Vila ocupa un cargo estratégico relacionado con obras públicas e infraestructura urbana; sin embargo, a diferencia del resto del equipo directivo, optó por mantenerse firme en su puesto.
Según fuentes cercanas al entorno municipal, Vila fue increpado duramente por Juan José Orrego —intendente de Santa Lucía— quien le habría exigido sumarse a las dimisiones colectivas para facilitar una transición ordenada y evitar suspicacias sobre favoritismos o tratos preferenciales dentro del gabinete y ademas de consideralo el mayor responsable de la crisis desatada tras el rotundo desastre electoral.