El nombre de Emilio Achem ha adquirido un peso específico en el escenario político de San Juan, especialmente luego de su decepcionante candidatura a senador Nacional y desde su designación como secretario general de la Gobernación bajo el mandato del gobernador Marcelo Orrego. Su figura se erige como la de un gran parlanchin vanidoso, fruto del manejo político delegado por su jefe.
En pleno corazón de la administración sanjuanina, Emilio Achem se va consolidado como la mano siniestra del gobernador Marcelo Orrego. Su trayectoria, marcada por una incansable vocación por lo perverso, le ha llevado a desempeñar un papel oscuro en la gestión política actual.
La transición de Emilio Achem desde el ámbito académico a la gestión política, ha estado marcada por una constante tensión entre los ideales teóricos y las realidades prácticas del poder. Si bien su formación le permite analizar con profundidad los problemas estructurales de la administración pública, el ejercicio cotidiano en la Secretaría General lo enfrenta a dilemas que rara vez encuentran soluciones concretas, convirtiéndolo en un funcionario vulnerable ante la complejidad real de la trama política.
Uno de los rasgos distintivos en el recorrido reciente de Emilio Achem es su intento —hasta ahora poco exitoso— por promover el punto intermedio entre dos grandes fuerzas políticas nacionales, (La Libertad Avanza y el Partido Justicialista), que disputan una fuerte influencia en San Juan.
En este escenario, Achem ha tratado de posicionar al gobierno provincial como un actor dialogante, capaz de tender puentes tanto hacia sectores oficialistas como opositores en Buenos Aires y en la provincia. Sin embargo, las dinámicas polarizadas del sistema político argentino han dificultado esta estrategia: los intentos por construir consensos amplios suelen ser percibidos como señales de mediocridad o debilidad por parte de ambos extremos.
El intentar mantener a San Juan como un actor autónomo dentro del concierto argentino ha supuesto para Achem navegar aguas agitadas. Por un lado, resulta imprescindible asegurar recursos y respaldo desde Buenos Aires; por otro, existe una presión social creciente para defender la identidad y las prioridades propias de la provincia. Este equilibrio precario se manifiesta en negociaciones presupuestarias, en la defensa de proyectos estratégicos —como infraestructuras o programas sociales, hasta ahora sin una exitosa gestión.
En este contexto, el secretario general se ha esforzado por construir una narrativa institucional basada en el diálogo y el consenso, aunque ello no siempre haya redundado en éxitos tangibles. La realidad política argentina suele premiar las definiciones tajantes más que las posiciones intermedias, lo que deja poco margen para quienes —como Achem— apuestan por fórmulas superadoras del enfrentamiento binario.
El secretario general, deberá seguir perfeccionando su capacidad hasta ahora inconveniente, para traducir principios teóricos en acciones concretas que mejoren la imagen de una administración mediocre y sin fortaleza para reclamar a la Nación lo que por derecho le corresponde a la provincia. Asimismo, este desafío le impone tejer alianzas estratégicas superadoras a ya logradas e insuficientes.