“La mediocridad para algunos es normal,
la locura es poder ver más allá”.
Charly García, El tuerto y los ciegos, 1975.
Querido lector, qué difícil es el diálogo en estos tiempos de monólogos sordos, de intercambio simultáneo de discursos, consignas y verticalidades varias con inevitable destino residual, o al menos sin la mínima posibilidad de acceder a la oreja del otro, que está invariable y casi lujuriosamente ocupado en la escucha absolutista de su propio saber narcisista.
Que difíciles son los oídos cuando el otro es puro ombligo. Los dogmas, querido lector, nos atraviesan de derecha a izquierda, o de izquierda a derecha, según lea cada uno. Desde el año 325 (averigüe usted por qué esa fecha, si lo desea), una parte de la Humanidad se autopercibe como “los normales”, y participa de esa creencia sea creyente o no.
Por supuesto, desde otro lugar del mundo los normales son otros. Por supuesto, existimos quienes, desde que nacemos o muy poco después, nos sabemos “anormales”, singulares; que no formamos parte de un todo, sino que, a lo sumo, el todo podría llegar a formarse, pero no nos precede.
Entonces, no entendemos a quienes tienen otra lógica. No otras ideas, sino directamente otra lógica. Y nos parecen locos o desviados, porque lo serían si hicieran lo que hacen pensando con nuestra lógica, pero resulta que no.
Entonces se puede confundir al actor con el personaje (Bruno Ganz hizo una excelente caracterización de Hitler en La caída, pero eso no lo hace nazi; Don Adams no era en verdad agente secreto del recontraespionaje; y dudo que Adam West pasase su tiempo libre en la baticueva). ¿Parece obvio, lector? La mala (o tal vez buena) noticia es que NADA es obvio.
Les señalo el otro día a unos amigos militantes que no era una buena idea que un conocido líder político progresista salude en un afiche con el brazo derecho en alto, y me preguntan por qué se me ocurre que ese político sea nazi. De nada sirve que aclare que jamás creí que lo fuera, de ninguna manera; que no soy yo, sino el afiche, lo que induce esa impresión. Solo recibo abucheos, y algún comentario prejuicioso sobre algún lugar del mundo del que no estábamos hablando, pero que mucha gente repite cual mantra. Y son amigos.
Intento discutir ideas, recibo consignas, frases, citas académicas muy interesantes para ese mundo académico al que no pertenezco ni quiero pertenecer. ALERTA SPOILING: en Su excelencia, una peli mexicana de 1968 (que ahora está en nefli), un humorista, Cantinflas, personificando a un tipo común que llega a “embajador plenipotenciario” porque su tío dentista dio un golpe de Estado con ayuda de los barrenderos –en un país tropical–, da una clase de geopolítica que más de un especialista envidiaría. El personaje explica, en plena ONU, que las bondades del socialismo sirven cuando son disfrutadas por todos y no solo por los dirigentes. Allí recibe el aplauso de los capitalistas imperiales, a quienes les espeta que los países en desarrollo no necesitan créditos para comprar autos cuando la gente va descalza por la calle, ni heladeras cuando no tiene alimentos que guardar en ellas. Por supuesto, todos lo escuchan. Por supuesto, nada cambia. Ni en la peli, ni fuera de ella.
Entonces, querido lector, como le dije la semana pasada, me voy al café con mis amigos los libros. Ahora le está tocando a “El peligro de estar cuerda”, conmovedor ensayo sobre creatividad y locura de Rosa Montero, que logra como ensayista lo que, en mi caso, no logra como novelista: atraparme.
Doña Rosa dice que los artistas son niños hipersensibles y, a la vez, los adultos que los cuidan. Recuerdo haberle confiado, querido lector, hace casi dos años, que yo estaba cumpliendo 60 y –también- 8. O sea que ella habla de mí.
Así que voy a dejar que los líderes, sus seguidores y sus comentaristas sigan monologando sobre la inmortalidad del cangrejo –lo que es lo mismo que “de qué nos disfrazamos en el 2027”–, y me voy a seguir leyendo el café con Rosa, antes de que se enfríe.