Esta crisis argentina puede describirse como una
espiral descendente. Es política, es económica y ya
es social. Una tormenta perfecta en la que el
gobierno parece nadar contra la corriente; pero al
contrario de llevarlo a la superficie, todos los
esfuerzos parecen sumergirlo aún más.
Desde el 7S el gobierno ha quedado atrapado en
esa espiral, pero el náufrago parece no advertir la
gravedad de la tormenta; que el agua está
llegando al cuello. Los pocos anuncios que
incluyeron mesas (no sabemos si son mesas
ratonas o de quincho) hicieron poco y nada para
calmar la tormenta; incluso parece haberse
agravado. En palabras del Gral. “sí quieres que algo
no funcione, creá una comisión” en este caso sería
una “mesa”.
Los efectos de la crisis empiezan a ser nítidos en la
opinión pública. Un 60,9% tiene una valoración
negativa del gobierno de Milei. La llegada al techo
psicológico del 60% debería alarmar al oficialismo.
Las principales espadas de LLA también sufren la
sangría. Karina Milei, la principal figura del
gobierno, acaricia ya un 70% de negatividad.
La opinión mayoritaria sostiene que LLA perdió las
elecciones en la provincia de Buenos Aires por el
voto castigo a la corrupción y la economía. Solo un
7% acuerda con la tesis promovida por algunos
sobre los malos candidatos del oficialismo.
Fue tan relevante la elección bonaerense, que
entendemos que la próxima elección también es
determinante en el escenario nacional, ya que
como mínimo, suele ser el promedio de los
resultados nacionales o acercárseles bastante.
Entre quienes viven la PBA, el dato de a quién
votarían en octubre sigue sosteniendo una
diferencia amplia entre un 41,8% para el candidato
de Fuerza Patria y un 31,9 % para el candidato de
La Libertad Avanza.
Errar en el diagnóstico lleva inevitablemente a
tomar malas decisiones. Algo falló en la estrategia
política y electoral, pero no fue solo eso: un 57,4%
afirma que se debería cambiar el rumbo político.
Un 60% cree que Milei debería pedirle la renuncia a
su hermana y a los Menem. Y un 61% cree que de
no cambiar de rumbo el gobierno perderá las
elecciones en octubre. Bastiones que el gobierno
no parece estar dispuesto a sacrificar.
Del otro lado de la calle, el peronismo y el resto de
las fuerzas opositoras hasta ahora han mostrado
una actitud bastante razonable con respecto a la
crisis. Decisión inteligente, sobre todo para Fuerza
Patria, que cometería un error grosero si adoptara
una actitud triunfalista. El último resultado
electoral fue un mal momento de LLA, no un
triunfo del oficialismo provincial, aunque es
entendible la euforia inicial, que debe ser bien
administrada. Por el contrario, aunque la simple
matemática pone al peronismo en una situación de
competitividad, inimaginable hace un año, la
mayoría de sus principales figuras, así como el
peronismo como identidad siguen teniendo techos
importantes. “Hay que cuidar la abeja”, sabiduría
que podrían tomar no ya de algún filósofo
ancestral, sino de Los Simpsons.
La política argentina se enfrenta así a un nuevo
escenario de barajar y dar de nuevo.
Ya han sido demasiados en los últimos diez años
con una sociedad que se ha cansado de apostar
por nuevos liderazgos y obtuvo solo frustraciones.
La élite política y económica debería pensar al
respecto de eso e imaginar salidas a la situación
actual. Nuevas frustraciones solo pueden llevar a
lugares muy oscuros y complicados.
Lo peor no pasó.
¿Lo peor ya pasó?
Esta crisis argentina puede describirse como una
espiral descendente. Es política, es económica y ya
es social. Una tormenta perfecta en la que el
gobierno parece nadar contra la corriente; pero al
contrario de llevarlo a la superficie, todos los
esfuerzos parecen sumergirlo aún más.
Desde el 7S el gobierno ha quedado atrapado en
esa espiral, pero el náufrago parece no advertir la
gravedad de la tormenta; que el agua está
llegando al cuello. Los pocos anuncios que
incluyeron mesas (no sabemos si son mesas
ratonas o de quincho) hicieron poco y nada para
calmar la tormenta; incluso parece haberse
agravado. En palabras del Gral. “sí quieres que algo
no funcione, creá una comisión” en este caso sería
una “mesa”.
Los efectos de la crisis empiezan a ser nítidos en la
opinión pública. Un 60,9% tiene una valoración
negativa del gobierno de Milei. La llegada al techo
psicológico del 60% debería alarmar al oficialismo.
Las principales espadas de LLA también sufren la
sangría. Karina Milei, la principal figura del
gobierno, acaricia ya un 70% de negatividad.
La opinión mayoritaria sostiene que LLA perdió las
elecciones en la provincia de Buenos Aires por el
voto castigo a la corrupción y la economía. Solo un
7% acuerda con la tesis promovida por algunos
sobre los malos candidatos del oficialismo.
Fue tan relevante la elección bonaerense, que
entendemos que la próxima elección también es
determinante en el escenario nacional, ya que
como mínimo, suele ser el promedio de los
resultados nacionales o acercárseles bastante.
Entre quienes viven la PBA, el dato de a quién
votarían en octubre sigue sosteniendo una
diferencia amplia entre un 41,8% para el candidato
de Fuerza Patria y un 31,9 % para el candidato de
La Libertad Avanza.
Errar en el diagnóstico lleva inevitablemente a
tomar malas decisiones. Algo falló en la estrategia
política y electoral, pero no fue solo eso: un 57,4%
afirma que se debería cambiar el rumbo político.
Un 60% cree que Milei debería pedirle la renuncia a
su hermana y a los Menem. Y un 61% cree que de
no cambiar de rumbo el gobierno perderá las
elecciones en octubre. Bastiones que el gobierno
no parece estar dispuesto a sacrificar.
Del otro lado de la calle, el peronismo y el resto de
las fuerzas opositoras hasta ahora han mostrado
una actitud bastante razonable con respecto a la
crisis. Decisión inteligente, sobre todo para Fuerza
Patria, que cometería un error grosero si adoptara
una actitud triunfalista. El último resultado
electoral fue un mal momento de LLA, no un
triunfo del oficialismo provincial, aunque es
entendible la euforia inicial, que debe ser bien
administrada. Por el contrario, aunque la simple
matemática pone al peronismo en una situación de
competitividad, inimaginable hace un año, la
mayoría de sus principales figuras, así como el
peronismo como identidad siguen teniendo techos
importantes. “Hay que cuidar la abeja”, sabiduría
que podrían tomar no ya de algún filósofo
ancestral, sino de Los Simpsons.
La política argentina se enfrenta así a un nuevo
escenario de barajar y dar de nuevo.
Ya han sido demasiados en los últimos diez años
con una sociedad que se ha cansado de apostar
por nuevos liderazgos y obtuvo solo frustraciones.
La élite política y económica debería pensar al
respecto de eso e imaginar salidas a la situación
actual. Nuevas frustraciones solo pueden llevar a
lugares muy oscuros y complicados.
Lo peor no pasó.
Esta crisis argentina puede describirse como una
espiral descendente. Es política, es económica y ya
es social. Una tormenta perfecta en la que el
gobierno parece nadar contra la corriente; pero al
contrario de llevarlo a la superficie, todos los
esfuerzos parecen sumergirlo aún más.
Desde el 7S el gobierno ha quedado atrapado en
esa espiral, pero el náufrago parece no advertir la
gravedad de la tormenta; que el agua está
llegando al cuello. Los pocos anuncios que
incluyeron mesas (no sabemos si son mesas
ratonas o de quincho) hicieron poco y nada para
calmar la tormenta; incluso parece haberse
agravado. En palabras del Gral. “sí quieres que algo
no funcione, creá una comisión” en este caso sería
una “mesa”.
Los efectos de la crisis empiezan a ser nítidos en la
opinión pública. Un 60,9% tiene una valoración
negativa del gobierno de Milei. La llegada al techo
psicológico del 60% debería alarmar al oficialismo.
Las principales espadas de LLA también sufren la
sangría. Karina Milei, la principal figura del
gobierno, acaricia ya un 70% de negatividad.
La opinión mayoritaria sostiene que LLA perdió las
elecciones en la provincia de Buenos Aires por el
voto castigo a la corrupción y la economía. Solo un
7% acuerda con la tesis promovida por algunos
sobre los malos candidatos del oficialismo.
Fue tan relevante la elección bonaerense, que
entendemos que la próxima elección también es
determinante en el escenario nacional, ya que
como mínimo, suele ser el promedio de los
resultados nacionales o acercárseles bastante.
Entre quienes viven la PBA, el dato de a quién
votarían en octubre sigue sosteniendo una
diferencia amplia entre un 41,8% para el candidato
de Fuerza Patria y un 31,9 % para el candidato de
La Libertad Avanza.
Errar en el diagnóstico lleva inevitablemente a
tomar malas decisiones. Algo falló en la estrategia
política y electoral, pero no fue solo eso: un 57,4%
afirma que se debería cambiar el rumbo político.
Un 60% cree que Milei debería pedirle la renuncia a
su hermana y a los Menem. Y un 61% cree que de
no cambiar de rumbo el gobierno perderá las
elecciones en octubre. Bastiones que el gobierno
no parece estar dispuesto a sacrificar.
Del otro lado de la calle, el peronismo y el resto de
las fuerzas opositoras hasta ahora han mostrado
una actitud bastante razonable con respecto a la
crisis. Decisión inteligente, sobre todo para Fuerza
Patria, que cometería un error grosero si adoptara
una actitud triunfalista. El último resultado
electoral fue un mal momento de LLA, no un
triunfo del oficialismo provincial, aunque es
entendible la euforia inicial, que debe ser bien
administrada. Por el contrario, aunque la simple
matemática pone al peronismo en una situación de
competitividad, inimaginable hace un año, la
mayoría de sus principales figuras, así como el
peronismo como identidad siguen teniendo techos
importantes. “Hay que cuidar la abeja”, sabiduría
que podrían tomar no ya de algún filósofo
ancestral, sino de Los Simpsons.
La política argentina se enfrenta así a un nuevo
escenario de barajar y dar de nuevo.
Ya han sido demasiados en los últimos diez años
con una sociedad que se ha cansado de apostar
por nuevos liderazgos y obtuvo solo frustraciones.
La élite política y económica debería pensar al
respecto de eso e imaginar salidas a la situación
actual. Nuevas frustraciones solo pueden llevar a
lugares muy oscuros y complicados.
Lo peor no pasó.