EL TIEMPO

Marcelo Orrego y el arte de gobernar entre dos aguas:

Publicado viernes 26 de septiembre de 2025

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¿Defensor de San Juan o aliado encubierto de Milei?

En un contexto nacional marcado por la polarización política y las reformas impulsadas desde la Casa Rosada, el gobernador sanjuanino Marcelo Orrego se ha convertido en protagonista de una serie de contradicciones que ponen en entredicho su verdadero compromiso con los intereses de San Juan. Su apoyo explícito al DNU 70/23, a la Ley Bases y a otras normativas promovidas por el presidente Javier Milei han generado un debate intenso sobre la soberanía provincial, la gestión de los recursos naturales y financieros, así como el futuro competitivo del sector agroindustrial sanjuanino. Aunque Orrego intenta desvincularse del mote de cómplice presidencial, sus acciones dejan al descubierto una trama compleja donde los intereses nacionales parecen imponerse sobre los derechos históricos de la provincia.

Desde su asunción como gobernador, Marcelo Orrego ha transitado un camino sinuoso entre la defensa retórica de los intereses provinciales y el respaldo efectivo a las políticas nacionales más controvertidas. La aprobación sin reservas del Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) 70/23, promulgado por el presidente Milei a finales de 2023, marcó un punto de inflexión en su gestión. Este decreto no solo introdujo cambios profundos en materia económica y administrativa, sino que fue interpretado por amplios sectores sociales y políticos como una auténtica reforma encubierta de la Constitución Nacional.

El DNU —junto con la posterior sanción de la llamada Ley Bases— permitió a la Nación avanzar sobre competencias históricamente reservadas a las provincias, especialmente en lo relativo al manejo de recursos naturales y financieros. Así, mientras Orrego proclamaba ante los medios su defensa férrea del federalismo argentino, sus votos legislativos y declaraciones públicas parecían alinearse sin fisuras con las directrices emanadas desde Buenos Aires.

Uno de los aspectos más controvertidos ha sido la cesión tácita —y en ocasiones expresa— del control sobre recursos estratégicos para San Juan. El incumplimiento de las trasferencias nación provincia – provincia municipio, el avasallamiento nacional sobre los derechos consagrados en la Constitución Nacional, concretamente la propiedad y soberanía provincial de los recursos naturales (Mineria) y la perdida de competitividad de los productos agroindustriales, tanto para la exportación, como para el abastecimiento del mercado interno (Vinos, espumantes y aceites))

El sector agroindustrial sanjuanino, tradicional motor de la economía provincial, ha sufrido también las consecuencias de esta nueva orientación política. Mientras desde el despacho gubernamental se insiste en que estas medidas buscan “modernizar” la economía y abrir nuevos horizontes comerciales, los datos muestran una realidad menos alentadora: caída de ventas al exterior, pérdida de empleos rurales y un progresivo deterioro del tejido productivo regional. La paradoja es evidente: bajo el pretexto de fortalecer la provincia frente al centralismo porteño, se han adoptado políticas que debilitan sus principales fuentes de riqueza.

En este escenario, el gobernador Orrego parece atrapado en un dilema irresoluble. Por un lado, debe responder a las demandas de una ciudadanía que exige respeto por los derechos históricos (Salarios empleados públicos, docentes, salud y policía) y la autonomía provincial ( la recaudación impositiva provincial bajo el 35%); por otro, su alineamiento con las reformas nacionales lo coloca en una posición incómoda frente a quienes le acusan de priorizar intereses ajenos sobre los propios. La imagen pública del mandatario oscila entre la de un gestor pragmático —capaz de negociar con el poder central para obtener beneficios— y la de un dirigente que ha cedido demasiado terreno ante el avance del centralismo.

La paradoja se acentúa cuando Orrego intenta distanciarse discursivamente del presidente Milei. Aunque repite que sus decisiones buscan preservar la gobernabilidad y evitar conflictos mayores, los hechos demuestran que muchas de esas resoluciones han significado pérdidas concretas para San Juan. Así, mientras algunos sectores oficialistas insisten en destacar logros puntuales o inversiones obtenidas tras arduas negociaciones, la sensación generalizada es que el precio pagado ha sido excesivo: recursos naturales entregados, autonomía fiscal erosionada y competitividad productiva comprometida.

El caso de Marcelo Orrego ilustra como pocos la complejidad política argentina actual. Su gestión se ha visto marcada por una serie de contradicciones difíciles de disimular: proclama federalismo mientras respalda normas que refuerzan el centralismo; defiende los intereses provinciales, pero avala leyes que restringen competencias históricas; promete desarrollo local, aunque apoya medidas que afectan negativamente a los principales motores económicos sanjuaninos.

A pesar de sus esfuerzos por sacudirse el mote de cómplice presidencial, cada paso dado en consonancia con las políticas impulsadas desde Buenos Aires deja al desnudo una trama donde San Juan aparece más como espectador pasivo que como protagonista activo. La pregunta sigue abierta: ¿logrará Orrego reconciliar su discurso con sus acciones o quedará marcado por haber facilitado —quizás sin plena conciencia— una entrega silenciosa del patrimonio sanjuanino?

En definitiva, el desafío pendiente es enorme. Recuperar soberanía real sobre los recursos y fortalecer la voz provincial en el concierto nacional requerirá algo más que declaraciones altisonantes: hará falta convicción política, capacidad negociadora y —sobre todo— coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

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