MARTIN LLARYORA
Un encantador de serpientes
El nombre de Martín Llaryora comenzó a resonar con fuerza en el escenario político cordobés cuando asumió como intendente de San Francisco en 2007. En aquel entonces, el peronismo provincial estaba claramente dominado por dos figuras: José Manuel de la Sota, quien ya había sido gobernador (1999-2003) y volvería al cargo años después; y Juan Schiaretti, su principal socio político. A pesar del peso específico que ambos ostentaban dentro del justicialismo local, Llaryora optó por mantener una posición relativamente autónoma respecto al armado centralizado que proponían estos referentes.
Esta estrategia le permitió consolidar un perfil propio sin quedar subordinado completamente a las disputas internas entre delasotistas y schiarettistas. No obstante, sería erróneo interpretar esta distancia como aislamiento: desde sus primeros años al frente del municipio sanfrancisqueño, Llaryora supo aprovechar las bondades políticas derivadas tanto del respaldo institucional como de los recursos gestionados por De la Sota y Schiaretti para fortalecer su gestión municipal. Así se forjó una relación ambivalente pero fructífera que sentaría las bases para sus futuros saltos políticos.
En 2011, tras completar dos mandatos consecutivos al frente del municipio (2007-2015), Martín Llaryora fue elegido vicegobernador acompañando precisamente a José Manuel de la Sota durante su tercer mandato al frente del Ejecutivo cordobés (2011-2015). Este rol le permitió ganar visibilidad provincial e insertarse definitivamente en el entramado institucional más relevante.
Finalizada esa etapa y fue electo diputado nacional (2016-2019), representando a Córdoba en el Congreso argentino. Durante este período legislativo profundizó vínculos tanto con referentes provinciales como con actores nacionales provenientes no solo del peronismo sino también de otras fuerzas políticas relevantes.
Consolidación en la capital: intendente de Córdoba y salto a la gobernación
En 2019, Martín Llaryora asumió el desafío de conducir la intendencia de la ciudad de Córdoba, una plaza históricamente compleja por su peso demográfico y político. Su gestión se caracterizó por un enfoque pragmático, orientado a modernizar los servicios públicos, mejorar la infraestructura urbana y fortalecer el diálogo con sectores productivos y sociales. Bajo su mandato, Córdoba experimentó avances notables en materia de transporte, saneamiento y digitalización administrativa.
La administración municipal fue también el laboratorio donde Llaryora desplegó su estilo conciliador pero firme, logrando acuerdos con actores tradicionalmente enfrentados como sindicatos municipales, empresarios y organizaciones vecinales. Esta capacidad para tejer consensos le permitió proyectarse como un dirigente capaz de superar las grietas partidarias que históricamente han marcado a la provincia.
El éxito al frente del municipio capitalino lo catapultó hacia la gobernación de Córdoba, cargo que asumió tras imponerse en las elecciones provinciales. Como gobernador, Llaryora profundizó su perfil dialoguista e inclusivo, convocando a representantes del peronismo, la UCR, el PRO y otras fuerzas políticas para conformar un gobierno amplio bajo el paraguas de una nueva propuesta denominada Fuerza Mediterránea.
Superada la mitad de su mandato como gobernador —a comienzos de 2026—, todo indica que Martín Llaryora ha decidido avanzar en la consolidación de un espacio político propio, diferenciándose progresivamente del legado tanto delasotista como schiarettista. Si bien reconoce públicamente los aportes recibidos durante sus años formativos dentro del peronismo cordobés tradicional, hoy busca sepultar definitivamente ese “eterno medio anterior” para abrir paso a una etapa marcada por nuevas alianzas y objetivos.
La estrategia actual pasa por reunificar al peronismo provincial —fragmentado tras décadas de liderazgos personalistas— e incorporar activamente a sectores radicales (UCR), macristas (PRO) e independientes. El objetivo es construir un frente electoral poderoso que no solo garantice su reelección, sino que permita proyectar este modelo mediterráneo hacia otros distritos del país.
En este contexto, no puede soslayarse el hecho de que Martín Llaryora observa con seriedad la posibilidad de una candidatura presidencial. Su estrategia consiste en trasladar el modelo cordobés, basado en la construcción de consensos y la integración de distintas corrientes políticas, al escenario nacional. La idea de un frente amplio, capaz de reunir a peronistas, radicales, macristas, progresistas e independientes, bajo una nueva impronta federalista y mediterránea, se presenta como una alternativa superadora frente a la polarización tradicional entre los grandes bloques nacionales.
Llaryora ha comenzado a tejer vínculos con referentes políticos y sociales fuera de Córdoba, explorando alianzas estratégicas que le permitan posicionarse como un dirigente con proyección más allá del ámbito provincial. En sus discursos recientes, insiste en la necesidad de “superar las viejas antinomias” y construir una Argentina “más productiva, moderna e inclusiva”, apelando a valores como el diálogo, el trabajo conjunto y el respeto por las autonomías regionales.
Sin embargo, el camino hacia una candidatura presidencial está lejos de ser sencillo. Llaryora debe enfrentar desafíos internos —como las resistencias dentro del propio peronismo cordobés y nacional— así como externos, derivados del escepticismo que genera su figura en sectores tradicionalmente ajenos al justicialismo. Además, la construcción de un espacio tan heterogéneo implica riesgos inherentes: mantener cohesionadas fuerzas políticas con historias y agendas disímiles será uno de los retos más complejos.
No obstante, su principal fortaleza radica precisamente en esa capacidad demostrada para articular consensos donde otros solo han cosechado divisiones. La experiencia acumulada como intendente —tanto en San Francisco como en Córdoba capital— vicegobernador y legislador nacional le otorga un conocimiento profundo tanto del entramado institucional argentino como de las necesidades concretas del interior productivo. Si logrará trasladar este modelo al plano nacional y competir con éxito por la presidencia es aún incierto; lo que sí resulta indiscutible es que su nombre ya forma parte del selecto grupo de dirigentes llamados a protagonizar el futuro político argentino.